Imaginate que vas en una lancha a 80 km/h por un río calmo. Mirás hacia el frente y el paisaje parece cambiar muy poco. No sentís que te acercás al horizonte ni percibís un avance radical con el paso de los minutos.

Pero ¿qué pasa si cambiás la perspectiva?
Con solo girar la cabeza hacia un costado vas a ver los árboles pasar a toda velocidad. Y si girás otros 90 grados, vas a ver todo lo que dejaste atrás: el punto de partida cada vez más lejos y el motor trabajando sin descanso, revolviendo el agua con toda su fuerza.

Ese motor sos vos.
Sos cada pequeño esfuerzo que hacés cuando nadie lo nota. Ese 1% extra que decidís dar cada día.
Por eso, mirando únicamente el horizonte es normal sentir que nada cambia. El progreso rara vez se siente mientras ocurre. Sin embargo, cuando mirás hacia atrás, descubrís que recorriste mucho más camino del que imaginabas.
Esta idea me acompañó bastante durante mi formación como guardavidas. Hubo semanas donde sentía que avanzaba muchísimo y otras donde parecía completamente estancado. Pero, con el tiempo, entendí que ese proceso silencioso terminaba haciendo ruido. Incluso en los períodos donde creía que nada estaba pasando, algo estaba cambiando dentro de mí.
Creo que aprender a disfrutar el proceso es una de las habilidades más difíciles que existen.
Todo el mundo dice: “confiá en el proceso”. Pero… ¿cuántos realmente lo hacen cuando aparece la incertidumbre?
Si el proceso fuera una evidencia constante del avance, sería sencillo disfrutarlo. Si fuera sencillo, todos recorreríamos el mismo camino. Fijate que los objetivos más fáciles suelen ser los más demandados y los trabajos más simples suelen ser los que reciben más postulaciones.
La realidad es que casi nada es realmente fácil. Muchas veces, lo que parece fácil hoy simplemente traslada la dificultad para mañana.
Por eso, cuando tengas que elegir un camino, no te guíes únicamente por el nivel de dificultad que percibís. Escuchá tu intuición y prestale atención a aquello que despierta curiosidad, amor o entusiasmo. Son esas señales las que muchas veces mantienen vivo el motor cuando los resultados todavía no aparecen.
Pero expandamos un poco más la visión.
No siempre la pasión es el punto de partida. Muchas veces se construye con el tiempo.
Puede que encuentres un camino que, analizándolo con objetividad, tenga un enorme potencial. Quizás al principio no despierte una gran pasión, pero los primeros resultados alimenten tu motivación. Con el tiempo, esa motivación puede transformarse en compromiso y, más adelante, en una pasión genuina.
Las pasiones también se construyen.
Solo intentá no descuidar aquello que hoy ya te mueve por dentro mientras explorás nuevos caminos.
Porque, si queremos ir un poco más profundo, creo que en realidad vivimos dos procesos al mismo tiempo.
Por un lado está el proceso externo: las metas, los logros, el trabajo, el dinero, los proyectos, todo aquello que queremos construir en el mundo.
Por otro lado está el proceso interno: la persona en la que nos vamos convirtiendo mientras perseguimos esas metas.
Simon Sinek habla de los juegos finitos y del juego infinito. En las empresas, explica que la competencia y los objetivos son juegos finitos, mientras que el propósito es un juego infinito.
A mí me gusta llevar esa idea a la vida.
Eckhart Tolle plantea algo muy parecido en El poder del ahora, aunque desde otra perspectiva. Habla de un propósito externo —los objetivos, los logros, el futuro— y de un propósito interno: desde dónde actuamos, con qué presencia, con qué intención.
El propósito externo está sujeto a la impermanencia. Todo cambia. Alcanzás una meta y aparece otra. Comprás algo que deseabas y, con el tiempo, deja de emocionarte. Nada permanece igual para siempre.
El propósito interno, en cambio, puede acompañarte en cualquier etapa del camino.
Por eso creo que no existe un solo proceso, sino dos.
Y ambos necesitan convivir.
Si toda nuestra energía se va hacia el propósito externo, terminamos perdiendo de vista el interno. Empezamos a correr detrás de resultados y dejamos de alimentar el motor que nos impulsa.
Pero también ocurre lo contrario.
Si solo miramos hacia adentro, corremos el riesgo de desconectarnos de la experiencia de vivir. Dejamos de jugar esos “juegos finitos” que también forman parte de nuestra existencia: construir amistades, desarrollar un proyecto, crear una familia, emprender, aprender o compartir con otros.
Tal vez el equilibrio esté en recordar que uno le da dirección al viaje y el otro le da sentido.
Porque, al final, el proceso no es el camino hacia la vida. Es la vida.
quizás por eso me gusta tanto la imagen de la lancha.
Necesitamos mirar el horizonte para no perder la dirección, pero también mirar hacia atrás de vez en cuando para reconocer todo el camino recorrido. Ambas perspectivas son necesarias.
Y, mientras tanto, confiar en ese motor que casi nunca vemos, pero que sigue trabajando en silencio, empujándonos incluso cuando sentimos que no avanzamos.
Porque el río nunca deja de fluir. El paisaje cambia. Los destinos cambian. Nosotros también cambiamos.
Lo importante es que el motor siga encendido.
Si esta reflexión te dejó pensando, me encantaría leerte. Contame en los comentarios: ¿Cual es tu opinión sobre este tema?, ¿Hace cuánto no girás la cabeza para ver todo el camino que ya recorriste?
Creo que, cuando compartimos nuestros procesos, también ayudamos a otros a confiar un poco más en los suyos.